
El bastardo vendía reguladores de energía pero ponía la alarma a las cuatro para cambiarse a la otra cama del cuarto de hotel. En casa, con los audífonos puestos, leía el periódico mientras desayunaba a bordo de una bicicleta estática. Se sentaba las horas frente a su pintura favorita y fingía ver el teléfono para oír a los distintos guías turísticos explicar la obra. Jamás abandonó un comedor sin pedir que le llenaran el thermo de café, aunque fuera para regar, y de paso achicharrar, las bugambilias del balcón. Y siempre al volver de sus viajes, pero nunca antes de los mismos, tenía sexo con su mujer.
Segundos antes de venirse, intentaba abarcarla. Con ambas manos repasaba las piernas, el culo, la melena y las tetas con harta prisa y nula pasión; sólo para no desaprovechar, para dormir como el gran negociador que era.
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