lunes, 24 de febrero de 2025

Los Pretenderes

Ahí donde flota siendo lo mismo el orden y el caos, a propósito me escondí y sin querer me encontraron. Hoy soy alguien diferente a quien esperé por tanto tiempo. Hoy los impacientes tenemos la idea de que al perder sólo perdemos. Vale recordarse que no es así. Que se gana perdiendo y que al mirar p’arriba estás tú también viéndome en azul cielo.

domingo, 5 de julio de 2020

La piel de un secreto


Somos colinas de arena ignorantes del viento.
Nuestra madre y abuelas, cerros más altos, nos bañan con su sombra;
impiden que por encima de ellas nos asomemos.
A contraluz, su sonrisa se dibuja tenue, al tiempo que
con el dorso que no vemos, salvaguardan nuestra endeble estructura,
jamás puesta a prueba por tempestades que llegan de lejos.

Somos colinas de arena ignorantes del viento.
Nuestro padre y abuelos, de la misma masa, nacidos del mismo ruedo,
crecen hasta que el mar se los concede y luego caen de vuelta al suelo.
Ahí el mar los baña, los entierra, los disuelve en su oscuro firmamento.

Somos colinas de arena ignorantes del viento.
Hasta el día que sin ellos, sentimos el frío de una ráfaga,
viniendo de atrás del horizonte a golpearnos la cara, a esculpir nuestro silencio.

Somos colinas de arena ignorantes del viento.
Hasta que aprendemos que el único secreto legítimo,
es la inocencia de quien aún no se sabe ignorante de esto.

jueves, 29 de marzo de 2018

Corroe lo que toca y por eso mira (DEYT)


Afuera hacía frío. Volteó hacia la chimenea. El rosa le regresó a la cara. En la habitación aledaña estaban doce de ellos, sus amigos. Golpeteando con las uñas contra la madera del marco de la ventana, inventó un ritmo. Sabía que el final había llegado, pero ellos no. Salió del baño XXXXX, aún se secaba la cara así que no lo vio de inmediato. Luego, en una fracción de segundo, seguramente concluyó que si estaba solo era por algo así que le hizo una mueca sonriente y se metió a la sala.
El tocadiscos hizo su triunfal entrada con ese particular arranque de aguja contra acetato, sin nota alguna que lo delate. Sonó primero el material contra material y luego empezó una canción. Él giró para ver de nuevo hacia el frío.
Todos estaban agradecidos de haber llegado a la cabaña antes de la tormenta. Todos se querían infinitamente y los que no, estaban dispuestos a hacerlo pasada la torpeza de las presentaciones. Él era el hilo que sutilmente los vinculaba como una entidad. Ideó que el era las chuecas aristas del trazo infantil de una casa y ellos eran los colores. Alzó la vista para no verse las manos, para sentir que era blanco y negro.
Sus uñas seguían dando ritmo a su microscópica huida de la sala vecina. Regresó a su cavilación, a incurrir en saberse igual que los demás. Su monólogo le dijo que seguramente todos, a la menor provocación, tomarían la oportunidad de ayudar a los miles de desamparados que las ráfagas de nieve habían emparejado en trágicas historias. Su error era quizás precisamente ése: se responsabilizaba de no generar dichas oportunidades él mismo. De todas formas, evitaba siempre los empalagos discursos sentimentales sobre la tempestad que “inconscientemente” habían ayudado a crear o los casos hipotéticos de heroísmo legendario.
Un inocente chillido de XXX festejando la llegada del coro de la canción lo interrumpió. No quería ser como ellos pero deseaba intensamente que lo extrañaran cuando no estuviera. Soltó el compás de sus dedos para llevarse un pellejo del pulgar la boca. Lo arrancó con los dientes y más que escupirlo, lo sopló hacia su liberación espacial. Luego con el índice pasó con fuerza su yema sobre la intrascendente herida. Tal vez eso haría en ese preciso instante. Saldría por la puerta y dejaría que el vendaval lo arrasara. Adentro, en la sala, quedaría una herida imperceptible y sólo muy pocas veces, de noche o viendo por la ventana de un tren, alguno recordaría lo sucedido por unos segundos antes de distraerse con su bebida o de quedarse dormido.
*
No debería hacerlo. Sería estúpido. No hay necesidad. La intriga por lo que no se debe se bebe hasta atragantarse en cuanto se sale del radar paternal y luego se vomita, se exorciza al punto de ser uno candidato a operar el radar. Así les pasa a todos. El es como todos, pero no entiende porque no es igual. Sobó su estómago, ahí adentro existía una braza blanquecina que irradiaba naranja cada que el sentía el impulso por ser así: no igual.
Puso ambas manos sobre la ventana. Era una posición pueril pero a la vez era un último testimonio de a dónde lo había llevado su hambre. Muchos años catalogó la sensación como morbo. Hoy ya sabía que eran ganas por corregir. Mismas que cuando no eran atendidas, se transformaban en la imperiosa seguridad de saber que podía haberlo hecho y de haberlo hecho lo hubiera hecho BIEN. De ahí nunca tardaban en brotar las dudas y frustraciones sobre el no haber saciado aquel empujón gutural. Después venía la tristeza como manto frío ante la inmolación y el eterno regreso de la conclusión: así somos todos.
Veía los copos caer, tanto en la ventana como en los árboles a cientos y miles de metros de distancia. Campo abierto. Campoa-bierto. Cam-po-a-bi-er-to. Las pausas hacían que sonara más o menos apetitoso lo que para otros era agreste en abundantes maneras. Recordó a Bécquer y lo que decía. El mismo recuerdo del español podría morir con él esa misma noche y a nadie le importaría un rábano el baúl de recuerdos que naufragaría en ese mar en el que todos se ahogan a destiempo. Quiso saber qué idea suya, una trabajada a su máximo potencial, bien tallada, currada… cual de todas sería la mayor pérdida. Hay ideas que siempre se están por publicar y se hunden en el frío silencio –primero elegido y después sentenciado-. Son capas de tegumento que forman individuos y con las cuales se moldean ellos mismos.
Luego, los externos, ajenos a tales delicadezas sólo desean tener una de tantas fibras del ausente a la mano. Lo demás, esas millones de páginas labradas, se marchitan hasta la pulverización en cuevas craneales, durante y después de la vida.
Hasta el mismo punto formado con y para Bécquer era justo eso: críptico para todos menos para él. Una pista de su terreno recorrido cuando a nadie le había importado un comino ese terreno. Con el cursor mental corrigió esa última idea, no era la indiferencia de los demás lo que lo dejaba en la penumbra. Era su fobia al protagonismo que los hombres y mujeres huecos reclaman. Por supuesto que anhelaba la atención, pero contradictoriamente, él sólo atendía a los que le preguntaban por respuestas que él jamás quiso compartir de a gratis.
Del otro lado ya todos bailaban, una canción veraniega quien iba a pensarlo. La claridad con la que se desenvolvían le era un gran misterio. No sabía si achacárselo a una confusión personificada en estática tan saturada que se tornaba cálida y envolvente o si genuinamente tenían la iluminación que él siempre había querido alcanzar. Había un balance entre confundidos e iluminados donde nadie sabía cual era cual.
De cualquier forma, sabría que, de sobrevivir, ahí estarían después. Se manejaban con cautela y esa promesa que les hicieron ofrendar (por siempre pescar en el futuro un presente aún mejor) era un sistema de protección casi infalible. Vivían y - en un día tan lejano que aún no se asomaba en el horizonte- morirían protegidos.
Dio un paso hacia atrás y los vio de reojo. No supieron los espiaba y los quería al mismo tiempo. Reían, chocaban caderas, aplaudían, comían botanas y daban tragos grandes a la cerveza. Juntos eran un pedazo considerable de materia sagrada y él no era más que un aguafiestas.
Más que pretender ir con los que ya no vivían ahí adentro o desear salir a buscar a otros que no podían más que imaginar cómo era una fiesta, simplemente lo hizo.
Pensó que la gente que vive mucho, no vive mucho.
Era una idea que tal vez no viviría más allá de él. Entonces cerró la puerta.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Ver a los muertos y la nube sostén que es haberlos probado. Somos las reliquias de los que ya se fueron.


En el rocalloso gris de tu tomografía se alcanzan a oír roedores. Nadie te lo quiere decir. Prefieren escucharte manejar una aeronave averiada. Esa última idea que crees poder retener los últimos instantes será de las primeras en esfumarse a la hora del accidente. Esa escultura bronceada que llevas horneando tantas décadas será tuya y de nadie más. Tus testigos son tus muertos. Te entienden hasta la desintegración. Chillan las mínusculas ratas ciegas. Son estrellas más fugaces que la medición del tiempo. Las oyes a raíz de un hueco teórico por el cual su partida parece no afectarlas. Es un húmedo cementerio, composta que has pedido prestada a meteoritos que tampoco aprendieron a volar. Llegas a una fecha de caducidad impresa en el lomo de un borrico que se niega a avanzar. Su voluntad es la que el látigo dirige. Detrás del mango hay alguien tan aterrado que se ha hecho de concreto. Un rostro más que nadie ha visto. Una violación que sin denuncia, asume el peligro de acabar evaporada. Aquí adentro no hay necesidad de leyes, sólo la añoranza de viejos soldados por las mismas. De una canción pantanal van saliendo bichitos que aletean y brillan. No tienen nombre pero merecen ser vistos. Son mensajeros de una deidad que apenas sabe guiñar un ojo. El brillo, los guiños y cada golpe con el que se ha hecho sonar una superficie sólida son el ritmo. Corre la prisa, el único censor. Indigestos por los estroboscópicos cortes de tiempo, ahora somos viejos más rápido. Pienso en muchas tardes que aún no recuerdo; demasiado apresurado, demasiado borracho, demasiado no->yo todo el tiempo. Hace falta piel, sobran los ceros. Nos codificamos en murallas translúcidas que resultan incomibles; de ahí el canibalismo. En este tufo que precede el final, importa menos cada día ahora que somos más tierra. Más y más a cada momento, nos hacemos pastosos. Nos mascan ballenas del tamaño de galaxias, por eso no las vemos. Cierro los ojos para siempre y luego, lentamente, los vuelvo a abrir. Aquí estas, aún leyéndome y muriendo al ritmo de los virus, invitados ineptos. No sabes si son ellos, o tú, los sordos al color, los dormidos en la telaraña de la estática. Los secretos parpadean. Están dispuestos a sumergirse pero el orden no deja serlo. La insana cordura ha de tener todo etiquetado, posicionado, rastreado en estorbosos anaqueles. Así lo dictaminó la crianza de occidente.
Yo, el ingrato que del suelo fui levantado y construido para nunca caer del todo aprendo sin memoria que me guíe. Los cohetes apuntan al cielo y queman el suelo. No van a volver. No quieren hacerlo. Cuando los veas de regreso, exhalarán de vuelta en el viento, despedazados. Serán memorabilia a la venta de su propia aventura. Cuántas piedras, de cuantos muros, murales y murallas, todas coleccionadas por los que no las construyeron, no las derribaron y vivieron en la sana distancia de los libros y los videos.

Te gusta lo que no te gusta.
Y lo sabes pero no te sabes.

martes, 20 de marzo de 2018

Al final del final


Cuando queda poco tiempo, la imaginación sale a pescar. Ahora somos muchos los aferrados al tono que marca el anzuelo. Imaginemos todos pues, que esto es sólo un cuento. No son hechos, sino palabras trenzadas las que hacen creernos que las sombras se desbordaron. Por supuesto que no hay, nunca hubo, un infierno. Es sólo un depósito de láminas de penas y desengaños que, a raíz de la historia que hemos venido construyendo en milenios, ahora se ve rebasado en su capacidad. No existen pues, las cárceles tercer e inframundistas; aquello es pedacería de pesadillas de irresponsables que las dejan crecer en el fuego de la caverna de Platón. Hay moscas, sí. Son espías pro bono de dioses tan reales como ocupados. Ellas viajan entre la realidad y la fantasía, haciendo surcos a través de los cuales los menos cansados se despiertan y las maldicen. Los exhaustos, con el lomo descapotable para dejar ver la maquinaría -bujías, pistones y todo- yacen inmóviles. En posición fetal para ligar el cuerpo que su espalda dentada se empeña en desbaratar. Ellos no saben nada de este ejercicio, 'cuentos chinos' les dicen. Curioso que sean justo los chinos los mismos que en sus fábulas no dejan aparecer a los hombres-secreto. Esos a los que no se les cuelga ni la empatía. Su incurable maldición no se relata en las emocionales canciones que revolucionan a los miedosos, a los amantes de la comodidad y a los torpes. Por eso no son. Su mirada es críptica y no hay manera de quererles a pesar de su histórica explotación. Ellos sí que no son ni de aquí, de la hipótesis, ni de allá, la exageradamente concreta materialidad. Yo igual sospecho que ellos, y todos los que viven en algún cerro lo suficientemente alto como para leer las noticias directo del sol, saben desde hace tiempo lo agotados que estamos en ese preciso recurso. Son entes ficticios con mentes informadas que no parlan el lenguaje de la apurada verdad. Entonces, viven en mapas antiguos que jamás fueron digitalizados y son enterrados por hermanos tan translúcidos como ellos. Se les seca la piel más rápido que esta misma hoja jamás impresa y se regalan al viento. Si esto no fueran sólo palabras y pudiéramos ser notas, a eso sonaríamos: a una escama surcando la terracería de un contaminado y lentísimo huracán. Es que ya no hay espacio. No se puede uno tomar nada personal en un universo que de tan pesado empieza a hundirse en sí mismo. Fuimos muchos y seremos nada. Hoy deseamos ser todos los huérfanos y no sólo los niños de cada guerra, a los que hasta esa excepcional desdicha se les arrebata. Queda poco tiempo y la cabeza sabe que es imposible que las lágrimas caigan del techo, que los ciegos ahora miren por dinero, que las tripas se acolmillen para devorar a los herederos; pero sobre todo, reconoce -sin querer ni queriendo- que esto es sólo un cuento.



viernes, 16 de marzo de 2018

Un número 2 en la oscuridad


¿Qué es más importante?
¿El Fuego o el tiempo?
Porque tu mano puede entrar al fuego,
¿pero por cuánto tiempo?

miércoles, 14 de marzo de 2018

Un caballo de fuego que no sabe nadar


Bajó el bordado de un petirrojo siendo apuntado por un láser. Era imposible atinar con la aguja con sus hombros subiendo y bajando, producto de la risa muda que iba impregnando sus entrañas. Siempre había regaládose ácidas bromas que olvidaba antes de tener la oportunidad de compartir. En esta ocasión el chiste le había hecho reír tanto como la había asustado. Pensó en qué ser humano con capacidad de hablar y un par de décadas al lomo no había hecho ya alguna broma del fin del mundo. El cuadro de síntomas del desenlace de este capítulo en la historia humana terrestre era visible desde el espacio. No tenía uno que haber vivido antes para saber que eran condiciones anómalas las que gobernaban el planeta. Sin embargo, había más chascarrillos al respecto que intentos por cambiar nuestro destino. Ya pronto vendría el insustancial colofón y todas las peripecias y desgracias que lo antecederían. ¿Qué diremos todos entonces? ¿Recordaremos cuál fue la broma con la que sentenciamos nuestro camino colectivo? ¿Nos dará eso a la vez más risa? ¿O vergüenza? Intentó pensar en cuál había sido su mejor puntada usando el fin del mundo como remate. No sólo no logró acordarse, se enserió mientras revisaba su hemeroteca personal.
Levantó la aguja y lamió el hilo escarlata para poder apuntar con certeza al ojal.

martes, 13 de marzo de 2018

Después ya nunca nos vimos


Sólo espero que también viva en ti el amargor que me invade cuando recuerdo el habernos conocido.

viernes, 9 de marzo de 2018

Ayer otra vez


Cuantas veces llegué a tu casa con una botella y no supe ser sombra ante tu luz.

lunes, 5 de marzo de 2018

zĭg`ə-răt


Cada noche llegan más. Se forman en una interminable fila que dobla las esquinas e invade avenidas. Esperan su turno.
Meses después, cuando entran a su capilla rascan la pintura queriendo hacerse de un pedacito de verdad. Eso los inteligentes.
Los sensibles más bien soban amuletos, anhelando impregnarse de la suerte de sus muertos más sabios.
Jamás le verás ahí. Él viaja en el vagón de los perdidos hacia estaciones que no aparecen en los mapas. Ahí a donde van los desmemoriados, los jodidos, los borrachos de corazón; hacia allá va con disciplina monástica un pedazo de roble que nadie sabe transcribir, sólo yo.
De ahí que me apañara yo de justo este sitio: ni con los formados, ni con los malitos.
Solo y a solas, en medio y con el pecho oprimido. Por no saber decir lo poco que sí sé de un hombre bendito.
Soy yo el desdichado. El que sí sabe y no dijo. El que ya despierto no quiso informar a los formados y se hizo náufrago de su propio secreto.

costra de una sombra mal barrida


Perteneces al polvo que otros batallarán para dejar fuera del rastro.
Eres una pala, una aspiradora, un plumero o un zacate.
Ingiere el coraje y exhala el vaho sobre la plata.
No recuerdes nada y friega el piso.
Aprende modales y talla el sartén.
Perteneces al polvo que otros batallarán para dejar fuera del rastro.

viernes, 2 de marzo de 2018

#laclavedelsol


Es la curiosidad de una maleta con el asa rota. Es la compasión del concreto que, esculpido en la forma de un glúteo perfecto, imagina durar para siempre. Es la ilusión por cambiar de una mano salpicada en partículas de sudor café. Son los silencios de un cinturón de asteroides formados en una burocrática fila que los crea y los devora al mismo tiempo. Es el fósil más viejo del que se podría tener registro siendo olfateado por un puma analfabeta. Es la estúpida poesía que un mundo en acelerada decadencia encuentra en su suicidio.
Nos hacemos daño de las formas más bonitas y a los llorosos -amantes y madres de los fusilados, los desaparecidos y los muertos de hambre- se les invita de último momento al baile; como queriendo que no lleguen y que tampoco puedan reclamar que no se les toma en cuenta.
Conscientes de nuestro patético destino como carroña de zopilotes ya extintos, preferimos sonreír y fruncir el ceño simultáneamente. Es aparentar que esta pendejez que nos condena es elegida. No es nada de lo que hoy se ha dicho. Es sólo un cobarde y muy bien vestido masoquismo.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El polvo en pausa


La neblina, al menos por ahora, aligeraba la tragedia. No se apreciaba con nitidez los huesos expuestos, el músculo desgarrado aún palpitando; como queriendo ya no pertenecer al suelo. Aún con el manto flotante las bocas de todos nosotros eran pastosas. El silencio era gutural, por eso supuraba en los labios una nata que invitaba a no decir nada ya nunca. De cualquier forma, en unas horas, los gritos de dolor volverían y el velo gris se encargaría de darles más presencia. Muchos ya se habían arrancado la vida, otros la consciencia con morfina caduca. El objetivo era muy sencillo: ya no estar ahí. Los ilusos intentaron escapar y claro que murieron antes de vivir una noche más. Éramos un puñado los que sin ayudar a los caídos, los escuchábamos, los veíamos y lo sentíamos. Para mí, era un abrumador peso que sin embargo no tenía una consistencia sólida. Al contrario, era un amorfo y pringoso lastre que impregnaba de su merma y empujaba a quien lo padecía contra cualquier superficie incómoda. Por eso caminar se volvía una misión en sí misma. El yugo de ese grave vómito se agarraba de mis rodillas y moldeaba mi espina dorsal a su voluntad. Tantos habían dicho que era imposible encontrar a los moribundos que habíamos dejado de buscar. Y precisamente de esa grieta es de la que supuraba la culpa que me alejaba cada mañana más de quien yo había sido antes del asedio. También por eso ya no tenía sentido querer que aquella guerra terminara. La falta de neblina, la ausencia de los aullidos y la festiva luz del sol sólo subrayarían el carácter y la razón ajados que nos quedaba. Más bien, conforme con mi mugrosa y curtida uña iba haciendo una línea más en el block de concreto pensaba, con muchísimo miedo, en cuál sería el último destello de mí en evaporarse. Ese día, cuando la mirada quede desocupada, la poca suerte que uno puede pedir es que la neblina le permita a uno perderse a solas y que nadie pretenda salvar a quien ya no es nada.

martes, 20 de febrero de 2018

Pterygota


Entre la angina y el punto final aún tuvo tiempo de entender que todas esas veces, había cachado al infarto tomando posesión en las esquinas o detrás de las puertas mal cerradas. No había sido un espectro, ni un alma errante, era tan sólo su paciente infarto que lo acompañó desde el brote de la arritmia hasta esa tarde: su aparición estelar. Quizás también había sido el responsable de haber desacomodado las sillas del comedor después de cada cena (situación que lo hacía creer que no bebía solo, sino con sus ya emigrados mejores amigos) o el que siempre le guardaba un pedazo de queso en la repisa superior del refrigerador -ahí dónde su mujer era incapaz de saber qué alimentos se escondían-. Tampoco era para darle las gracias. Él había sido un burócrata toda su vida y sabía que el argumento 'chamba es chamba' era lo mismo que las ventanas que al desplegarse, ciegan al vecino: un fulminante distractor que argumentaba inocencia donde había una flagrante consciencia del 'soy' y sus consecuencias. De todas formas, para ser su asesino y al mismo tiempo de cumplir su misión hacer válido su suicido, era un tipo agradable. Sin cara, anónimo, pero con presencia; así era su infarto. Y con la diligencia de una abeja obrera que cumplidora con su chamba, se manda sola al paredón, así nos mató él una tonta tarde de insípido invierno. Antes de migrar, llegué a saber lo que siempre supe y pasé a despedirme de lo que nunca fui.

lunes, 19 de febrero de 2018

La República de los Huérfanos


Para los poetas, es tan sólo la saliva con la que besan los rayos al mundo de los terrenales. Claman el despertar de los verdaderamente afortunados, aquellos que sostienen que la suerte es mito. La ironía es que sólo saben de su existencia como resultado de la terca curiosidad de los pilotos y los físicos. Su intuición añora, pero no evapora. No viaja a las alturas, sólo extraña en el vuelo de las aves no saber ser sin decir: 'lo he visto'. Se han robado la existencia de esta serie de microscópicas burbujas que navegan la atmósfera para que su arte retome la gloria que tenía cuando el mar era el final y lo que no se sabía, era el principio.
Aún así no es conocido, que en el borde de cada nube hay un resabio de espuma; la prueba fidedigna de su pasado como ola de mar. Frágil y subestimada, es la responsable del destello aurífero de cada atardecer. Ignorada y desatendida, hasta la tácita temperatura es capaz de empujarla de cada nube. Ser nada es caer de las alturas y no llegar al piso.
Cuando se ha ido, ya no vuelve, sucumbe ella y consigo el brillo. Lo saben algunos poetas ladrones, los físicos valientes y toda una camada de niños desprotegidos.

Ya sin los fantasmas pero todavía muy lejos de tu almohada.


El era quien veía a los muertos bailar alrededor de los invitados. Denunciarlo era no sólo desconsiderado sino la ratificación de su superlativa estupidez. Esperaba a que todos durmieran para empezar a borrar su memoria en paz. Primero barría las huellas de la tarima. Luego rompía los vasos que hubieran sido usado por los espectros. Luego recogía de los matorrales en el jardín trasero una copia exacta de la ropa que llevaba. Se desnudaba. Si había espejo aprovechaba para verse así, como era, una estrella irregular de cinco ramas con mechones en sitios aleatorios. Se vestía con la ropa nueva y se deshacía de la vieja. Luego recorría las estaciones del evento y se ensuciaba ligeramente en cada una de ellas, para darle realismo a su disfraz de sí mismo. Por último apaga la luz y ya con los pies en el pasto, mecía su cuerpo, echaba patadas cortas y taloneaba al ritmo de una canción que desde que tenía razón le había pertenecido pero jamás aprendió a cantar. Entonces la imaginaba y sus pies cepillaban el pasto a ras del silencio que sólo existe cuando uno está mucho muy solo, ya sin los fantasmas.

viernes, 16 de febrero de 2018

Mo-ichtacanamictiá


Ya no me acuerdo porqué fue que no te dije. Desde entonces y todavía, lo cristalino de tu ser me intimida. Es una cenote al cual me entrego. Ahí me deshago. Me evaporo.
También pudo haber sido un plan jamás ejecutado. Mi desarmable cautela no da garantías para el corto plazo. Seguro me faltaba algo tan sencillo como una postal para enmarcar el momento y luego el aviso se fue evaporando. Nos impregnamos de costumbre y la rebasada intimidad desplazó, en ciertas noches y casi todas las mañanas, a la emocionante cachondez.
Ahora, achacosos pero suavecitos, sabemos retratar mejor: juntos. Los secretos son más verdades, que entre los jardines y las risas, olvidaron pronunciarse; que tenebrosas promesas rotas y rompidas. Ya nos sabemos demasiado bien. Por eso también nos olvidamos.
Ahora, que aún recuerdo lo que siempre supe y se me fue avisarte, te cuento que el día que me casé contigo eras perfecta a ese momento. Te veías contenta y despreocupada. Fue cortita la ceremonia, sólo se dijo lo importante. En algún momento me volteaste a ver y me asusté de verte tan presente aún sin estar notificada. Quizás, ahora que porque lo digo lo pienso, por eso no te conté de tu casamiento conmigo. El impuntual, una vez más, había sido yo; y tú de mí ya estabas casada.

miércoles, 14 de febrero de 2018

desde aquí queda muy lejos


Querrá en este instante lo que jamás tendrá en este día. Tendrá lo que le sobra y ya no ocupa, ni por si las dudas. Perderá lo que nunca supo suyo, mucho menos mantener. Dirá lo que ningún espejo podría sustentar. Y por instantes lo suficientemente esbeltos como para caber entre las horas de la memoria, será pleno como siempre quiso y jamás pudo entender que era antes de quererlo. Sin relojes, ni carteras, ni almohadas de concurso; con las muelas sucias, el fiel nudo en la espalda baja y el polvo bajo la puerta que todo dormitorio estudiantil exporta a las grandes instituciones. Con prisa por el pasado. Sin verbos que lo frenen. Atado a un calendario que el sol incineró el día que los polos se terminaron. Goloso de culpa y con sonrisas como remos para no caer ahogado en la ansiosa angustia que nadie ha sabido darle la bienvenida.
Claro que tenía nombre, no seas estúpida, pinche estúpido. Nada más no lo te lo quiere decir porque la fama anónima, que no castra pero glorifica, es la que lo seduce a ser como es. Así es como juzga y ama no sólo en cantidades idénticas sino en momentos simultáneos. El miedo es esa alfombra de hielo, frágil y minúscula; pero capaz de hacer caer a todo aquel que, queriendo caminar, camina de más.

lunes, 12 de febrero de 2018

Calle


Me amarré las agujetas para hacer tiempo pero llegó el momento donde mi presencia era sospechosa y tuve que alejarme. Alcancé a entender que estaba siendo acusada por prostitución. Era una mujer de cincuenta, quizás sesenta. Había sido madre y ahora era la abuela de unos cuantos. Era evidente. Su apariencia física, si bien no era desagradable, era radicalmente asexuada. Era más bien un ser redondeado con articulaciones ligeramente oxidadas. Fiel a lo que se esperaba de ella, llevaba chanclas y un terso delantal de cuadrícula rojiblanca. Por supuesto que no era una prostituta. No había contexto de miseria que se encargara de que esa señora, una doña en toda la extensión de la palabra, se hubiera convertido en prostituta y no hubiera perdido esa mirada maternal o hasta el chingado delantal en el proceso. Si eso lo sabía yo, los dos policías lo tenían que tener clarísimo. Entonces, ¿qué pretendía tal arresto? La excusa absurda sólo podía esconder algo aún más funesto. Sin embargo, ella no se veía con miedo. Se sentía lista para lidiar con la inmanente corrupción de los uniformados.
Una vez que mi perro había regresado a la calle y ambos zapatos tenían los cordones atados, era inviable permanecer un instante más. Aún así salí lento de ahí; queriendo que esos dos o tres segundos de mi presencia revelaran la suficiente desconfianza como para ahuyentarlos. Por supuesto que tal deseo era más una alabanza gratuita a mi consciencia que una acción con resultados precisos. La inquietud de Matute, mi perro, fue haciendo que mis piernas recuperaran el ritmo con el que salimos de casa pero mi mente se quedó navegando en esa escena. Siempre que una situación me sobrepasa, suelo concluir que ‘antes’ no era así. Nunca pienso en un año en específico. No es que antes, en los sesenta, la policía era más honesta. Tampoco es que antes, cuando no había casas, calles y callejones, no había rincones lejos del paso que fueran una invitación a la corruptela. Es sólo un ‘antes’ de mí, estúpidamente generalizado. Así fue que pensé que antes, el ciudadano seguro tenía mejores herramientas para ser una mejor persona o un vecino más comprometido o simplemente un ser más solidario con lo que sucedía frente a él. Si volvía a aquel pasillo quizás mi libertad correría peligro, o peor aún, la suerte de aquella doñita podría empeorar con la incomoda intervención de un foráneo. Aquel día, conforme aventaba mis zapatos al clóset, recordé el evento una vez más.
Fueron pasando los días y a nadie le conté el suceso. La normalidad volvió a arropar, primero al reloj y luego al calendario. De todas formas, no volvió a haber un sólo día que no pasara frente a aquel espacio entre los muros amarillo limón y no pescara con la mirada, discreto pero inquisitivo, por la presencia de aquella mujer. Algún día hasta me fui pensando que tal vez sí, ese era su uniforme y había un mercado de ogetes allá afuera amantes de cogerse a la figura más casera, más maternal, más generosa de nuestro paisaje callejero. Igual nunca cuajó demasiado esa sospecha y más bien lo que gobernó fue esa agria sensación de ser yo -al igual que todos ustedes- la palabra correcta de mí, pero anulada por una falta de ortografía.

domingo, 11 de febrero de 2018

Un tapiz color nada


Qué poco tiempo había para dejar que no se murieran solos. Había que matarlos mucho antes de que uno mismo peligrara ser muerto por los demás.